El Bosque de los
Espejismos.
Nada más pasar veinte minutos desde su
partida, los chicos llegaron a lo que parecía ser los lindes de un profundo y
oscuro bosque, con árboles viejos, con copas tan altas y frondosas que tapaban
casi en su totalidad la luz del Sol, y numerosas ramas que constituían el suelo
de un mundo arbóreo.
Yamba,
al ver el bosque, se paró en seco, miró detenidamente al bosque, y dijo:
—Que extraño.
— ¿Qué pasa? —Preguntó Crystal.
—He pasado muchas veces por aquí, y nunca
había visto este bosque. —Dijo el
hulcus.
— ¿Qué pretendes decir? —Preguntó Krosa.
—Todo esto era desierto ayer, sin
embargo, hoy se ha transformado en un bosque. —Aclaró Yamba.
—Oh, vamos, Yamba, no irás a decir que
este bosque ha aparecido de la nada. —Se burló Crystal.
—Puede ser, pero aún así es extraño, no
entiendo por qué esto ha cambiado. —terminó Yamba.
—Eh… chicos. —Balbuceó Obscurus.
— ¿Qué? —Preguntaron todos al unísono.
—Creo que deberíamos preguntarle a Santum
el por qué de la existencia de éste lugar —Dijo Obscurus.
—Pues, ¿a qué esperas? —Le dijo Crystal.
—Voy, espera un momento —Dijo Obscurus.
Obscurus
sacó de su manto de oscuridad el orbthank y lo sostuvo con una mano. Al verlo,
Krosa preguntó:
— ¿Qué es eso?
—Ahora lo verás —Le dijo Obscurus.
Obscurus
pasó la mano libre por encima del orbthank, y dijo:
—Santum, necesitamos de tu sabio consejo.
De
inmediato Obscurus se vio en la sala del Oráculo de Radius.
—Siéntate, Obscurus. —Dijo Santum, que
estaba sentado en una de las sillas de la mesa de piedra. —Y explícame qué
quieres saber.
—Bien, como presumo, ya sabrás que
salimos de Shaulon con rumbo mar de Piscis. —Decía Obscurus.
—Si —Contestó Santum tranquilamente.
—Pues bien, hete acá que no mas pasar
unos veinte minutos de nuestra salida, nos encontramos con un bosque que según
nuestro amigo Yamba el día de ayer no era mas que un vulgar mar de dunas de
arena, y no entendemos por qué se pudo transformar un árido desierto en el
frondoso bosque con el que nos encontramos.
—Conque, me hablas de un bosque que
aparece y desaparece. —Dijo Santum tras un largo rato en silencio.
–Eso parece ser. —Dijo Obscurus.
—No solo lo parece, sino que es más
peligroso de lo que ha simple vista parece. Ese bosque hechiza al que entra en
él, impidiéndole cualquier escapatoria, y si tú has logrado escapar, ha sido
por pura suerte. Tendrás que volver allí, y decirles a tus compañeros que la
única manera de romper el hechizo es matar a la criatura maligna que habita en
ése bosque. Decirte qué criatura es no podría, ya que escapa de mis
conocimientos y de mi vista. Lo último que esa criatura está protegida por un
guardián, que tampoco podría describírtelo. Eso es todo lo que puedo decirte,
Obscurus. —Le decía Santum. —Tendríais que engañar de alguna forma al guardián
y acabar con esa criatura.
—Bien, entonces, he de partir ya. —Dijo
Obscurus.
—Si, puedes irte, y no olvides lo que te
he dicho. —Dijo Santum.
Obscurus
se levantó, se acercó al Oráculo y lo tocó. Apareció en el mismo lugar en el
que estaba antes de desaparecer.
— ¿Y bien? —Preguntó Ramsés.
—Pues… no podemos salir de aquí.
— ¿Qué? —Gritaron todos a la vez.
—Lo que oís, el bosque nos impide salir,
y Santum me ha dicho que la única forma de poder salir de aquí es acabar con
una criatura maligna que habita en este bosque, que está vigilada por un
guardián. —Explicaba Obscurus.
— ¿Cómo que el bosque no nos deja salir?
—Preguntó asustada Crystal.
—Si, no nos deja salir por obra de un
maleficio. No sé quien puede estas detrás de todo esto —Dijo Obscurus.
— ¿Quién querría que nosotros no
lleguemos a nuestro destino? —Preguntó
Kamuy.
—No sé… sigamos, tenemos que buscar la
manera de salir de aquí. —Dijo Ramsés.
Kamuy
se quedó quieto un momento. Se subió a las ramas bajas de un árbol y oteó
alrededor. Divisó algo a lo lejos. Se bajó del árbol, se acercó a sus
compañeros y dijo:
—Vayamos por allí. —Dijo mientras
señalaba al norte. —Parece ser un camino seguro.
Reanudaron
la marcha siguiendo la dirección indicada por Kamuy. Éste iba detrás guiando al
grupo. Giró la vista a un lado, porque le había parecido ver algo a lo lejos.
Dirigió la vista una segunda vez hacia el mismo lado, y entonces lo vio. Allí,
en la orilla del río, había algo que antes no estaba.
Kamuy
se acercó con cautela, y al acercarse pudo ver qué había ahí: había una persona
que parecía estar inconsciente. Kamuy aproximó la cara al cuerpo, y vio que
respiraba. Trató de despertarla, pero estaba sin sentido.
Kamuy
llamó a sus compañeros, que llegaron enseguida. Al ver a aquella persona inconsciente
en la orilla del río, todos se quedaron atónitos, y se preguntaron cómo había
llegado hasta allí. La persona en cuestión era una joven, de apenas unos
dieciséis años, con el pelo moreno medio castaño, de tez blanca, y parecía ser
de menor estatura que Kamuy, aunque no se notaba. Llevaba puesto un escudo
ligero de forma asimétrica en la espalda, la vaina de una espada corta colgando
en la espalda, detrás del escudo, un vestido crema nacarado largo, con cuello
de pico con estampados dorados en el cuello y el borde de las mangas, y una
espada ensangrentada hasta la mitad de la hoja en la mano derecha.
Obscurus
se acercó a la chica y la examinó. Tenía diversas heridas, magulladuras y
cortes por todo el cuerpo. La levantaron, no sin cierta dificultad, y la
sentaron a la sombra de un árbol.
Obscurus probó el agua del río, y dijo a
sus compañeros:
—Podríamos coger un poco de agua del río,
para lavar sus heridas, si alguno tiene una cantimplora vacía. Podríamos
también usarla para aliviarle el dolor a Shorem, aunque no sé cuanto le durará
el efecto de sus efectos medicinales, ya que ésta es agua mágica que calma y
alivia el dolor, pero por poco tiempo.
Crystal
se acercó a la orilla del río, sacó una cantimplora de su zurrón y la llenó.
Acto seguido la guardó. Crystal se fue acercando a la chica, y sacó un pequeño
frasco con forma cilíndrica, que contenía un líquido transparente con un ligero
brillo azulado-verdoso. Cuando estuvo a su lado, sacó el tapón del frasco, e
hizo beber a la chica. Cuando el líquido pasó por la garganta, ésta recobró el
sentido, tosió y parpadeó varias veces. Luego miró a su alrededor, y se asustó
al verse rodeado de aquellos personajes. Ella consiguió decir, con una voz
débil y temblorosa:
— ¿Quiénes sois?
La
tensión del ambiente se aflojó. Obscurus se acercó a ella y le dijo:
—Perdonad el hecho de que no nos hayamos
presentado. Somos una partida de viajeros que salió de la ciudad de Shaulon con
la intención de llegar al mar de Piscis pronto para sanar a nuestro amigo que
yace ahí en el lomo del centauro, porque fue atacado por... —Obscurus pensó si debía contarle a esa chica
que Shorem fue atacado por un necrofoide, o por otro lado contarle la misma
mentira que le contaron al gigante que guardaba las puertas de Shaulon, pero al
final dijo. —Fue atacado por… un necrofoide.
— ¿Qué? —Preguntó ella.
—Son como espectros, fantasmas, y nos
persiguen desde hace tiempo, pero hemos conseguido darles esquinazo metiéndonos
en éste bosque. —Dijo Kamuy.
— ¿Y porqué os persiguen? —Volvió a preguntar
ella.
—Por que tenemos algo que ellos quieren.
—Concluyó Crystal.
— ¿El qué? —Preguntó ella cada vez más
nerviosa.
—Esto. —Dijo Obscurus, mientras le
mostraba la piedra del Aire que se hallaba colocada en lo alto del mango de su
guadaña.
— ¿Y para qué quieren ellos una vulgar
piedra tallada?
—En primer lugar, no es sólo una sola
piedra. —Dijo Kamuy mientras mostraba su piedra del Fuego que se encontraba
entre hoja y hoja de su hacha, Crystal le mostraba la de su cetro y la de la
espada de Shorem —Y segundo, de vulgares no tienen nada. En el interior de
éstas piedras se guardan cada uno de los elementos. Estas piedras participaron
en la gran batalla que se dio hace miles de años, en los tiempos antiguos, en
la que una alianza de hombres y bestias lucharon contra el ejército de
Drangstrumg, que trataba de cubrir el mundo con su manto de oscuridad en las
lomas del volcán de Verom, luchando para conseguir la libertad de las regiones
que habían sido invadidas por el ejército de Drangstrumg, y para poder encerrarle
en la cámara de Anser, dentro del volcán.
—Y ahora las presentaciones: yo soy
Obscurus, portador de la piedra del elemento del Aire, mago oscuro
experimentado originario de la aldea de Pange.
—Yo soy Kamuy, hermano de Obscurus,
portador de la piedra del elemento del Fuego, gran arquero, guerrero y herrero,
también originario de la aldea Pange. —Decía Kamuy mientras se ponía cerca del
tronco del árbol.
—Yo soy Crystal, portadora de la piedra
del elemento del Agua, soy sacerdotisa, y también de la aldea Pange, y gran
amiga de los ya presentados. —Dijo esto mientras señalaba a Kamuy y a Obscurus.
—Éste de aquí que está inconsciente es Shorem, portador de la piedra del
elemento de la Tierra,
hábil en el bello arte de la espada, pero desafortunado en el combate.
—Yo soy Krosa, soy un caballero centauro
proveniente del bosque de Treestone, soy un gran arquero pero también soy bueno
con la espada. Me uní al grupo junto con Yamba en Shaulon.
—Yo soy Yamba, servidor del rey Hidros,
del mar de Piscis, y, al igual que Krosa, me uní a ellos en Shaulon.
Del
zurrón de Shorem salió con un salto Rodash, el nomo, y dijo:
—Al oír que ustedes se estaban
presentando a alguien, me dije “Rodash, si no te presentas no puedes
considerarte un buen nomo”, pues bien, empecemos: Me llamo Rodash, soy un nomo
del bosque Nolia. Hace poco trabajaba en la posada “el pequeño sátiro” en
Shaulon, pero me uní al grupo.
—Y, para terminar, yo soy Ramsés, guerreo
proveniente de Shaulon, gran espadachín.
—Bien, ya solo falta por saber una cosa,
¿quién eres, cómo te llamas, por qué estás aquí, cuánto tiempo hace que estás
aquí y qué te produjo esas heridas? —Preguntó Obscurus a la chica.
Ella,
se quedó un rato mirándoles a los ojos. Al poco, ella perdió el miedo y dijo
con una voz más fuerte y dulce que antes:
—Me llamo Sarah, provengo de una aldea de
las llanuras de Dagarrosa, y me dirigía a Shaulon a visitar a un pariente mío.
—Si sólo ibas de visita, ¿por qué llevas
armas y escudo? —Preguntó Crystal.
—Para defenderme de los bandidos. Yo
siempre voy armada, y puedo decir que gracias a ellas sigo aún viva. —Respondió
Sarah —Llegué aquí hará unos tres días, y por más que lo intenté no pude salir
de aquí. Así que, traté de convencerme de que tarde o temprano podría salir de
aquí o que alguien me ayudase; pobre de mí, pues al segundo día me encontré en
un llano que está más arriba en el curso de éste río a una extraña mujer,
vestida con un largo vestido negro, con mangas malvas y cuello y bordes del
traje rojos, que portaba un bastón con un orbe azul oscuro en la punta, y tenía
el pelo negro, largo hasta la cintura, y ojos azules. Ella no debía de ser más
vieja que la persona que está delante vuestra, pues tenía por lo menos un
centímetro o dos más de estatura que yo, y tenía la tez ligeramente morena. Me
acerqué a ella, y le dije: mujer que por aquí moras, diga, por favor, a esta
joven, si existe o usted lo sabe, alguna forma o manera de poder salir de este
laberíntico bosque, ya que, por mas que lo he intentado, no he hallado la ruta
o manera posible que me lleve o dirige en dirección a la región de Shaulon, por
que allí tengo asuntos que resolver, y problemas que solucionar. —Hizo una
pausa para tomar aliento y luego continuó. —y al terminar de hablar, ella me
dice con una voz aparentemente dulce: –Joven que por aquí pasas, tu suerte te
ha traicionado, pues bien es sabido que todo aquel que entre en éste bosque, no
volverá a salir, porque este bosque está maldito, y sólo yo sé como se puede
salir de aquí.
—Llegados a este punto, me asusté un poco.
—Dijo Sarah. —Pero vencí el miedo y le pregunté: –Gentil y esbelta señora,
¿podrías vos enseñarme el camino de salida del que usted habla? Y en esto, al
terminar de hablar, pude notar un brillo de malicia en su mirada, pero no le di
importancia. Ella me respondió: —Poder, lo que se dice poder decírtelo si
puedo, pero que te lo diga es otra cosa.
—No entiendo lo que vos me quiere decir.
—Le dije yo. —Continuó Sarah. —Pero lo
que me dijo después me asustó: —Quiero decir que, nunca saldrás de aquí, y que
te arrepentirás ahora de haber entrado. Discute la forma de salir de aquí con
una tarántula.
—Acto seguido. —Seguía explicando Sarah.
—Se arremangó ambos brazos, murmuró una especie de hechizo a la vez que
señalaba detrás de mí con su bastón a un punto lejano, y de repente oí un gran
rugido. Me di la vuelta rápidamente, y detrás de mí vi a una tarántula
gigantesca, que debía medir unos diez metros de la pata delantera a la pata
trasera, una anchura de unos siete metros, unas gigantescas pinzas amenazantes
zumbando con un gruñido de furia, y me miraba fija y amenazadoramente con unos
ojos negros y fríos como la noche. Nada más verla, salté a un lado, ya que se
abalanzó contra mí. Desenvainé rápido la espada y me protegí con el escudo, y
me preparé para el ataque. Cual fue mi sorpresa al ver que la tarántula se
hallaba rodeaba por un grupo de cuatro arañas azules y grises y diez arañas
rojas blanquee—negras, de un metro y medio metros de la pata delantera a la
trasera y dos de ancho las primeras y de metro y medio y un palmo más de largo
y tres metros de ancho. Me acerqué a ellas corriendo cubriéndome con el escudo
y con la espada en alto. Una grisácea saltó sobre mí, pero la esquivé, y
aproveché para clavarle la espada varias veces e intentar cortarle alguna pata
dándole golpes con el escudo. Pero se me reviró rápido como el rayo y me tumbó
boca arriba, y se tiró encima de mí, para intentar aplastarme a la vez que me
mordía con las pinzas y me arañaba con las patas. Me aprisionó bajo su peso,
pero pude clavarle la espada en el abdomen y quitármela de encima. Luego
intenté huir, ya que contra ése grupo de arañas no tenía nada que hacer. Ése
fue otro fallo por mi parte, ya que me siguieron. Otra azulada me pilló
desprevenida y me tiró al suelo, pero pude quitármela de encima a golpes.
Decidida a no dejarme vencer, me enfrenté con una blanquee-negra, pero no tuve
tanta suerte como con las dos grisáceas, ya que, nada más encararla, me nubló
la vista lanzándome una telaraña directa a los ojos. Intenté quitármela rápidamente,
y lo conseguí, pero ya era demasiado tarde; la tarántula me había arrollado y
fui a parar a la parte del río en la que me encontrasteis. Mientras intentaba
respirar, no sin cierta dificultad, y levantarme, se me volvía a acercar la
tarántula. Decidí fingir que me había vencido, pero no funcionó, ya que me
agarró con sus pinzas, y empezó a apretarme. Levemente al principio, pero cada
vez con más fuerza, y me apretó con tanta fuerza que casi me parte en dos. La
mujer le dijo a la tarántula: —Para, pues lo que tienes entre tus pinzas ya no
tiene vida, y no hace falta que te la comas, por que de ella no aprovecharás
nada. La tarántula me soltó, y, aunque me dolió mucho la caída, no me quejé, ya
que si me quejaba, descubrirían que aún estaba viva, y acabarían matándome de
verdad. Con la caída perdí el conocimiento, y en todo el tiempo que he estado
sin conocimiento me vi envuelta en una serie de oscuras pesadillas. Antes de
perder el conocimiento, pude ver cómo esa mujer hacía desaparecer a las arañas
con un conjuro y se iba hacia la espesura del bosque. Luego, con mucho
esfuerzo, volví a cubrirme las espaldas con el escudo. Desde entonces, y hasta
el momento en que hicisteis que recuperase el conocimiento, he notado en mi
corazón cómo una presencia maligna intentaba apoderarse de mí. He de deciros
que os estoy muy agradecida por haberme despertado, ya que, si no me hubieseis
despertado, ahora estaría poseída por esa presencia maligna. Bien, eso es todo. —concluyó Sarah.
—Bueno. —dijo Obscurus. —Ahora sabemos
cuál es la criatura y cuál es el guardián. — ¿Podrías conducirnos hasta el
lugar en que se produjo ese encuentro?
—Por supuesto. —Dijo Sarah. —Seguidme.
Sarah
los condujo río arriba hasta llegar al llano que Sarah había descrito.
—Aquí vi a esa mujer. —Dijo Sarah —Y de
allí salió la tarántula. —Dijo señalando un sendero que se ocultaba entre unos
árboles de gruesas ramas que ocultaban casi por completo el sendero.
—Bien, y ahora, ¿qué hacemos? —Preguntó
Crystal un poco nerviosa.
—Bueno, pues si Santum dijo que la única
forma de escapar de aquí era acabar con esa bestia, y la viste aparecer por
ahí, Sarah, creo que nos va a tocar andar un rato por ese sendero. —Dijo Krosa.
—Pero, ¿entonces qué pasa con la salud de
Shorem? —Preguntó nerviosa Crystal.
—Tranquila, por lo que noto, se le ha
bajado ligeramente la fiebre y está estable. —Dijo Yamba tranquilizándola.
—Pero creo que deberías darle un poco de ese brebaje que llevas, para ver si
recupera la conciencia.
Crystal
sacó el frasco que contenía el líquido azulado-verdoso, le quitó el tapón e
intentó que Edu bebiera un poco. No sirvió, aún obligándole a tragar, no
funcionó; sobre él no surtía efecto. Probó también con el agua del río,
obteniendo el mismo resultado.
—Bueno, al menos lo has intentado. —Dijo
Obscurus. —Venga, hay un largo camino que hacer, y no sabemos el tiempo que
Shorem estará estable.
El
grupo reanudó la marcha, y empezaron a caminar por aquel sendero que cuyo fin
no alcanzaba la vista. El camino fue por un tiempo llano, pero luego empezó a
hacerse cada vez más vertical, y a serpentear entre los árboles de un bosque
que con el paso del día se volvía más oscuro. Al alcanzar el Sol lo alto del
cielo, coronaron una pequeña cima plana, sin árboles, desde la cual se podía
ver el mar de árboles que rodeaba la cima, extendiéndose hasta más lejos de la
línea del horizonte, cubriendo las faldas de una montaña que se erigía al
norte, nevada en el pico.
—Descansaremos aquí un rato. —Dijo Krosa.
—Pues la carga que llevo a cuestas se me hace cada vez más pesada a cada paso
que doy.
—Me parece bien. —Dijo Crystal. —Podemos
tumbarle aquí.
Bajaron
a Shorem con mucho cuidado, y lo recostaron apoyándole la cabeza en una piedra.
—Cocinaremos algo, descansaremos un rato
y luego seguimos. —Dijo Crystal. —Ya tenía ganas de descansar, llevamos toda la
mañana caminando.
—Calculo que no haremos caminado más de
cuatro o cinco millas. —Dijo Kamuy mientras miraba al horizonte lejano que
tendrían que recorrer. —Pero, creo que tendremos que aligerar el paso, pues vamos
demasiado lentos, allá a dónde vayamos. Creo que ha sido un error tomar ese
sendero.
— ¿Cómo dices, hermano? —Preguntó
Obscurus.
—Que creo que tomar ese camino ha sido
nuestra perdición. —Dijo Kamuy tranquilamente. —Según mi opinión, en el último
desvío tendríamos que haber seguido hacia el norte, no hacia el oeste.
— ¿Quieres decir que estamos perdidos?
—Preguntó exaltada Crystal.
—No he querido decir eso. —Dijo Kamuy.
—He querido decir que, si hubiésemos seguido hacia el norte, ahora estaríamos a
dos millas de aquí, por lo menos.
—Yo podría otear por ahí a vista de
pájaro a ver si veo señales de esa extraña mujer. —Dijo Ramsés.
—Si tantas ganas tienes, estás tardando.
—Le dijo Obscurus.
Ramsés
no tardó en convertirse en dragón. Levantó el vuelo y se dirigió hacia el
horizonte. Al volver al cabo de un rato, Ramsés dijo:
—No veo nada, los árboles cubren el
suelo; intenté atravesar sus copas, pero son muy espesas.
—Vale, no sabemos en qué incógnito lugar
del bosque puede hallarse lo que seguimos. —Dijo Kamuy. —Cinco minutos y
partimos.
—Cálmate un poco, Kamuy. —Dice Obscurus.
—Venga, tómate un trago de esto.
Obscurus le alcanza una botella que
contiene un líquido negro—rosado. Lo prueba, le gusta, invita a Sarah, que
también le gusta. Fue a darles un poco a los demás, pero Obscurus le quitó la
botella de las manos.
—Espero que te haya gustado mi poción de
verbena, semilla de helecho, raíz de mandrágora, naranjas mezcladas con té y
vino. —Dice Obscurus sonriendo.
— ¿Provoca algún efecto? —Pregunta Kamuy.
—Ya lo verás —Contesta Obscurus riendo.
Al
reanudar la marcha, descendieron por la colina norte, y de allí siguieron
caminando por un tortuoso camino, lleno de raíces que estaban fuera de la
tierra, entre unos árboles que cubrían la luz con sus muertas ramas. Al cabo de
un rato de marcha se hallaron en que un grupo de árboles cerraban el paso, y
tuvieron que salirse del camino. Ahora avanzaban sin saber en qué dirección
iban. Otra vez vieron bloqueado su camino, esta vez por unos árboles y matorrales
anormalmente grandes.
—Kamuy, corta estos matojos con el hacha,
ya que ese es el único camino que hay. —Ordenó Crystal.
Kamuy
descolgó el hacha de sus amarres y se preparó para cortar el árbol en dos. Nada
mas dar un paso hacia el árbol, con el hacha en ristre, empezó a sonar un
murmullo que parecía provenir de los alrededores.
— ¿Qué es ese ruido? —Preguntó Krosa.
Todos
se quedaron un momento a escuchar. Era un ruido seco, continuado, como el roce
de las hojas de los árboles cuando hay brisa, pero con un tono más amenazador.
—Son… los árboles —Dijo Obscurus.
— ¿Qué? —Preguntó Crystal.
— ¿Te acuerdas del bosque Lirwood, donde
acaba la aldea Pange? Cuentan las antiguas leyendas de los ancianos que había
algo en el aire que los hacía crecer altos y esbeltos, y a cobrar vida. Árboles
que murmuran, hablan entre ellos, y pueden moverse libremente. Este bosque es
viejo, muy viejo. Noto el ambiente cargado de cólera contenida. Si en este
bosque no nos mata alguna criatura, lo harán los árboles. —Concluyó Obscurus.
— ¿Y por qué están tan enfadados? —Preguntó
Crystal.
Pasó
un momento sin que nadie dijera nada, y el murmullo de los árboles aumentó.
Kamuy seguía con el hacha amenazando al árbol que tenía delante.
—Kamuy —Dijo Obscurus.
— ¿Qué? —Preguntó Kamuy.
—Baja el hacha, no hemos de herirles
—Dijo Obscurus.
—Oh… perdón —Se disculpó Kamuy, y se
volvió a poner el hacha a la espalda, y el ruido cesó levemente. Rodearon el
grupo de árboles y siguieron avanzando.
Tras
un rato caminando, Kamuy ordenó pararse al grupo, se subió a un árbol y se puso
a otear. Obscurus desapareció en las sombras con un estallido sin ruido y
apareció en la misma rama en que se hallaba Kamuy.
— ¿Qué ves? —Le preguntó Obscurus a
Kamuy.
Kamuy
le mandó callar, y le hizo señas para que escuchara. En principio oyó un ruido
débil, lejano, como una especie de murmullo. Se dio cuenta de que ese ruido no
era lejano. Obscurus le volvió a preguntar:
— ¿Qué es?
—Algo… sé acerca. —Dijo Kamuy.
Acto
seguido Kamuy bajó del árbol de un salto, y Obscurus se teletransportó en las
sombras hasta el suelo al lado del grupo.
—Escondámonos entre los árboles.
—Aconsejó Kamuy.
Crystal
se ocultó en unos matorrales al pié de un árbol cercano, Kamuy volvió a subirse
al mismo árbol, Obscurus subió a un árbol que se encontraba paralelo al de su
hermano, Ramsés se mimetizó como parte de la corteza del árbol, Krosa se
escondió tras un árbol con el arco en ristre y Yamba se transformó en un charco
de agua. Todos aguardaron el momento en el que lo que se acercaba pasaría por
el lugar en el que ellos se hallaban. El ruido sonaba cada vez más fuerte, cada
vez más cerca. De improviso, aquel murmullo cesó tras un sonido semejante al de
la caída de un árbol. Todos miraron al frente, y vieron a la criatura que había
producido aquel estruendo. Era un myr, o al menos eso parecía. El myr se
hallaba tendido en el suelo boca abajo, y se hallaba en un estado deplorable:
tenía el brazo derecho haciendo un extraño ángulo, diversas heridas y cortes
por todo el cuerpo, le faltaba un trozo del brazo izquierdo y tenía una
cicatriz ensangrentada a lo largo de la cara. Tenía los ojos cerrados, y
respiraba con mucha dificultad.
— ¿Qué le ha pasado? —Preguntó Ramsés.
—Creo que se ha estado peleando con algo.
—Dijo Kamuy.
— ¿Qué podría hacerle esto a un myr?
—Preguntó Crystal.
Todos
se miraron. No había duda, estaban cerca de su objetivo.
Emprendieron el camino, esta vez sabiendo
en qué dirección iban. Llegaron a una zona en la que los árboles rodeaban un
lago.
—Aquí las huellas del myr se pierden.
—Dijo Kamuy. —Debió de haber estado bebiendo aquí en el momento en el que le
atacaron.
Bordearon
el lago por su parte derecha, o al menos lo intentaron, pues el lago no parecía
tener fin. Al caer la noche, seguían caminando intentando llegar al otro lado
del lago, pero desistieron, y pararon a descansar.
— ¿Tú que crees, Kamuy? ¿Paramos a dormir
ahora o seguimos toda la noche hasta el amanecer? —Preguntó Crystal.
—Debemos avanzar rápido para coger a
nuestro enemigo, y cazarle durante la noche sería un golpe a nuestro favor;
pero tenemos que andarnos con cuidado, pues no sabemos si somos nosotros los
que perseguimos o somos los perseguidos. El resto puede descansar, pero
montaremos guardia por turnos, para vigilar si el enemigo decide atacar ayudado
por la oscuridad.
—Bien, podéis dormir todos, yo me quedaré
a vigilar en el primer turno. —Dijo Obscurus. —Si se atreve a atacar en la
oscuridad, le veré claramente y le obligaré a batirse en retirada.
—Vale, pero yo voy en el segundo turno, a
partir de las tres de la madrugada hasta las cinco. —Dijo Kamuy.
—Haz lo que te plazca, pero ahora duerme.
—Dijo Kamuy.
—Y yo el tercero hasta el alba. —Dijo
Ramsés.
Apagado
el último fuego, se dispusieron a descansar, y Obscurus a vigilar. Las horas
iban pasando lentamente: las once, las doce, la una, y todo envuelto en un
misterioso silencio sólo roto por el ocasional ruido de los grillos. Obscurus
se extrañaba al ver el bosque tan callado y silencioso, pero no bajó la guardia
ni un momento. Alrededor de las dos y media, Obscurus estaba luchando vivamente
para quedarse despierto, pero el sueño era un enemigo tenaz. Al final Obscurus
se derrumbó y se durmió, dejando caer la cabeza hacia delante, pero al instante
se despertó. Así siguió un rato. Obscurus creyó haberse quedado dormido cuando
oyó que una voz femenina le estaba llamando desde alguna parte, diciendo: “Obscure,
Obscure”...
La
voz le llamó dos veces más y se cayó. Obscurus se levantó y miró a ambos lados,
tratando de identificar de dónde venía aquella voz, ayudado por su capacidad de
ver en la oscuridad, sabiendo que solo una persona le llamaba así, pero no
podía ser, pues esa persona había fallecido tiempo atrás. No vio nada y se
sentó otra vez. Al cabo de un momento la misma voz volvió a llamarle, esta vez
la voz se sentía más fuerte que antes. Obscurus se volvió a levantar y volvió a
mirar a todos lados, cada vez más enfadado. Al final descubrió de donde
provenía aquella melodiosa voz de mujer. Provenía del lago centro del lago.
Obscurus se dirigió lentamente hacia la
orilla del lago. La voz ésta vez cantaba con un sonido ahora más dulce y fuerte
que cuando le llamaba con el nombre “Obscure”. Éste dio un paso adelante
y se puso a flotar sobre la superficie del lago, y se acercó a donde provenía esa
voz. En medio del lago había una mujer, de aparentemente corta edad, con el
pelo negro largo hasta la cintura, que lleva un largo vestido negro, rojo y
malva, y porta un caduceo en la mano izquierda con un orbe azul oscuro en la
punta del mismo. Era la misma mujer que había atacado a Sarah. No se sabe por
qué, pero a Obscurus le resultó conocida la cara de aquella mujer.
—Tú… ¿quién eres? —Le preguntó a esa
extraña mujer mientras empuñaba la guadaña y bordeaba con la hoja el cuello de
la mujer.
—Vaya, Obscure, ¿no sabes quién soy?
—Dijo la mujer con voz tranquila mientras apartaba la guadaña con la mano
derecha.
—No. ¿Cómo sabes cómo me llamo? —Dijo
Obscurus.
—No esperaba eso de ti, Obscure. Tú y yo
nos conocemos desde que tenías diez años. ¿Lo recuerdas ya? —Le preguntó.
—No. Eso no es posible. —Dijo Obscurus.
—Sí que lo es. —Respondió la mujer.
—Entonces, tú eres… —Titubeó Obscurus.
—Si… —Dijo ella ahora con una voz
tranquila y melosa.
—Imposible, eso fue hace tiempo. —Dijo
Obscurus tajantemente.
—Pues soy yo.
—No, quien conocí yo murió. —Sentencia
con pesar Obscurus.
—No es cierto que muriera. —Dijo ella con
voz apagada.
—No tienes pruebas de que tu seas aquella
a quién conocí. —Espetó Obscurus.
—Sí, sí tengo. —Responde apresuradamente.
Ella
se arremangó la manga derecha, y le mostró una marca en forma de cabeza de
dragón negro que tenía en el hombro.
—No. —Exclamó Obscurus.
—Sí, Obscure. —Dijo ella.
—Eres… —Balbuceó Obscurus.
Por un instante, Obscurus se quedó
callado, y muchos recuerdos de tiempos pasados volvieron a su memoria. Ya sabía
quien era esa mujer. Al recordar su nombre no tardó en decirlo:
–Kassandra. —Obscurus siseaba a la vez
que decía el nombre de la mujer.
–Han pasado muchos años, Obscure, desde
la última vez que nos vimos. —Dijo Kassandra con una voz suave y armoniosa, a
la vez que se le acercaba.
Con
el paso de los años, había ganado en belleza, era una nigromante de la raza de
los elfos—vampiros del desierto Droogog, en Golgomath.
—Nunca llegué a entender del todo por qué
te fuiste, Kassandra. ¿Es que no me querías? —Preguntó Obscurus.
—No, siempre te he querido. No puedo
decirte por qué me fui —Dijo Kassandra. —Por ahora.
—Entre nosotros nunca hubo secretos,
Kassandra. —Le dijo Obscurus.
—Ya, pero no puedo decírtelo. —Le dijo Kassandra.
—Me dijeron que te fuiste lejos, al
sudoeste de Tánatos.
—Si, así fue. —Dijo Kassandra
melancólicamente.
—Te escribí durante mucho tiempo. —Dijo
Obscurus —Y tú me respondías —Esbozó una leve sonrisa. —Pero, sin motivo
alguno… —La sonrisa se le borró de la cara. —…Una de las cartas que envié no tuvo
respuesta. Envié otras tantas más, con el mismo resultado. Al cabo de dos meses
sin contestaciones, recibí un mensaje; en ese mensaje, ponía que tú habías
fallecido en un accidente.
—Siento que hayas tenido que pasar por
eso. —Intentó calmarlo.
—Si sigues viva, ¿por qué me mentiste?
—Le preguntó Obscurus cada vez más despierto.
—Lo sabrás cuando salgas de éste bosque.
—Dijo Kassandra.
— ¿Eso significa que me dirás el camino
que hay para salir de aquí? —Le preguntó Obscurus.
—No, digo que dentro de dos días os
enfrentaréis con la criatura que guardo. Os enfrenaréis a ella en las lomas de
la montaña que viste esta tarde, cuando tratabais de encontrarme. —Le dijo
Kassandra.
— ¿Por qué dentro de dos días?—Le
preguntó Obscurus.
—Por que en dos noches puedo contarte
todo lo que quieras saber. —Le dijo Kassandra.
— ¿Y por qué no podrías decírmelo ahora?
—Le preguntó esperanzado.
—Ahora acaba tu turno, son las tres. Ve a
despertar a Kamuy, y descansa tu, te lo tienes merecido. —Dijo dulcemente
Kassandra. —Podrás verme en tus sueños.
—Nos veremos mañana, en el mismo turno.
¿De acuerdo? —Dijo Obscurus.
—De acuerdo. —dijo Kassandra. Se acercó a
él y le dio un beso en la mejilla. —Hoy es el primer día, mañana te contaré más
detalles.
Kassandra
quedó al instante envuelta en un destello de luz azul oscuro durante un
segundo, y luego desapareció. Obscurus volvió rápidamente a donde estaban los
demás, se acercó a Kamuy y le dijo despertándole:
—Despierta, ha llegado tu turno.
Obscurus
no se extrañó al ver que Kamuy dormía con los ojos abiertos. Éste parpadeó
varias veces, se desperezó y se levantó.
— ¿Ha pasado algo? —Preguntó Kamuy.
—No… no ha pasado nada. —Dijo Obscurus.
—Dile a Ramsés, cuando llegue su turno, que me despierte al alba.
—Vale. —Dijo Kamuy. —Descansa ahora.
Obscurus
se tumbó boca arriba y se quedó un rato mirando las estrellas y contemplando la Hoz y tratando de encontrar a
Los Tres Reyes de los Días Antiguos. A los pocos minutos le venció el sueño, y
pudo verla otra vez.
Kamuy
se subió a un árbol y se puso a observar la oscuridad, tratando de encontrar
algún rastro de la criatura. Creyó ver algo a lo lejos, así que cogió dos
flechas y las disparó al lugar donde vio eso. Pasado un rato, se acercó
cautelosamente a donde habían caído las flechas, pero no vio nada. De un salto
volvió a subirse al mismo árbol. De ahí no se movió hasta las cuatro, momento
en el que oyó el ruido de algo arrastrándose por el suelo. Escuchó una segunda
vez, por si el ruido se repetía; no se equivocaba, pues el ruido se volvió a
oír. Nada mas oírlo saltó hacia donde provenía el ruido. Había caído sobre algo
blando, que no tardó en agitarse y revolverse. Kamuy trató de inmovilizarlo, y
lo consiguió. Mientras lo paralizaba oyó estupefacto una voz que decía:
—Para, que te equivocas.
Kamuy
dejó que inmovilizarlo, se levantó y le preguntó:
— ¿Quién eres?
—Soy yo, Sarah. —Dijo Sarah levantándose
con dificultad.
— ¿Qué haces levantada? —Le preguntó
Kamuy.
—Me desperté y fui a beber un poco de
agua. Luego intenté conciliar el sueño, pero no pude. Luego fui a lavarme las
manos al lago, y en ese momento me saltaste encima.
—Vaya, lo siento. —Se disculpó Kamuy.
—Bah, no importa. —Le dijo Sarah.
—Bueno, ya que estás despierta, podrías
ayudarme a vigilar, aunque quede poco para terminar mi turno. —Dijo Kamuy. —Y
podríamos charlar un rato.
—Vale.
Kamuy
saltó de nuevo hacia la misma rama.
—Sígueme… si puedes. —Le dijo a Sarah en
tono burlón antes de saltar.
Sin
inmutarse de lo que le había dicho, Sarah se acercó al árbol, y empezó a trepar
hábilmente por él. Al llegar arriba, esbozó una sonrisa hacia Kamuy. Éste le
dijo:
—No está mal, pero no tienes tanta
habilidad como yo.
—Ah, ¿sí? Ahora verás.
Dio
un brinco hasta llegar al árbol más cercano, que se encontraba a dos metros de
distancia.
—Nadie ha podido ganarme saltando de
árbol en árbol. –Dijo Kamuy con una leve sonrisa.
Saltó
hasta alcanzar la rama que se hallaba encima de la de Sarah, a dos metros de
distancia de ella.
—Muy osado. —Ríe ella. —Ahora verás.
Volvió
a saltar sobre el mismo árbol del principio, pero alcanzó a llegar tres ramas
más arriba, a dos metros y medio.
—Muy bien, no está mal. —Dijo Kamuy.
Saltó
hasta llegar a estar a un metro de altura de Sarah.
—Aunque saltes bien, no puedes superarme.
—Respondió Kamuy.
Acto
seguido bajó hasta la rama en la que se hallaba Sarah.
—Bueno, ya se está agotando mi turno,
creo que debería despertar ya a Ramsés. —Dijo a la vez que bajaba del árbol.
—Aún no, Kamuy. —Quejó Sarah. —Sólo ha
pasado poco tiempo. Y ni siquiera nos hemos sentado a hablar.
— ¿De qué quieres hablar? —Preguntó
Kamuy.
—Pues de ti, de mí y de la manera en que
podamos salir de aquí.
Kamuy
trepó por el árbol hasta llegar a la misma altura que Sarah.
—Bien, ya estoy de vuelta, perdona que te
halla dejado tanto tiempo solo.
Sarah
dibujó una sonrisa y dijo:
—No pasa nada, pues ya vuelves a estar
conmigo.
—Bien, empecemos a hablar. —Comenzó
Kamuy. —Lo primero es lo primero. Dijiste que teníamos que hablar de mi
persona. ¿Por qué?
—Es que no os conozco del todo —Dijo
Sarah. —Os conozco desde esta mañana, y aún no sé si me puedo fiar de vosotros.
— ¿Desconfías de nosotros? —Preguntó
Kamuy.
—Puede decirse que sí. —Aclaró Sarah.
—Todo eso de que esos tipos… necrofoides, o como se llamen, te busquen a ti y a
tus compañeros sólo por que tengáis en vuestro poder esas extrañas piedras. No
sé… me parece muy raro. ¿No será acaso que vosotros les robasteis esas piedras,
habéis huido y ahora os persiguen para intentar recuperarlas?
—Sarah. —Dijo Kamuy. —No es cierto eso de
que nosotros les hayamos robado estas piedras. —Se acercó mientras mostraba la
piedra del Fuego. —Sino que eran
ellos los que las pretendían robar, y nosotros las cogimos para evitar que las
robasen.
— ¿Cómo sé que no me mientes? —Inquirió
ella.
—Mira, nuestro amigo Shorem fue herido
por uno de ellos. De no ser por eso cuando te socorrimos el mismo se te hubiese
presentado.
—Pudo haberse herido de otra manera.
—Dijo ella.
—Ah, ¿sí? —Responde Kamuy —Entonces, si
no me crees, ¿por qué sigues con nosotros?
—Sólo os seguiré hasta que salgamos de
aquí. —Dijo ella entre sollozos. —Luego no tendré ningún motivo más para
seguiros a vos.
—Bien, ya he tenido suficiente
conversación por esta noche. —Dijo tranquilamente Kamuy. —Me voy a despertar a
Ramsés.
— ¿Ya? —Preguntó ella nerviosa.
—Sí. No tengo nada más que hacer. —Dijo
Kamuy. —Pero, dime, ¿por qué quieres que no le despierte aún?
—Pues… porque… no tendré con quien
hablar. —Dijo ella.
—Ahora me entero de que Ramsés es mudo.
—Bromeó Kamuy, ella mostró una sonrisa. —Puedes hablar con el todo el tiempo
que quieras en cuanto le despierte.
—Yo no quiero hablar con él.
— ¿Por qué?
—Es que… sólo quiero hablar contigo.
—Dijo Sarah.
— ¿Conmigo? —Preguntó Kamuy extrañado.
—Eso, ¿por qué?
—Por que…
— ¿Sí? —Preguntó Kamuy
—Bueno, este…
—Tranquila, no te voy a comer.
—Porque… me gustas.
Kamuy
se quedó atónito. Parpadeó varias veces, y al cabo de un rato, dijo:
—Vale, pues tú también me gustas a mí.
— ¿En serio? —Dice ella. Giró la cabeza
ligeramente para que Kamuy no vea que se había sonrojado.
—Si. —Dijo Kamuy.
Se
acercó a ella tranquilamente, le agarró la oreja izquierda y tiró de ella
suavemente, y Sarah fingió que le dolía a la vez que le dijo:
—Pero, ¿qué haces? —Y le dio una bofetada
—Te vas a enterar.
— ¿En serio? —Se burló Kamuy —Cógeme, si
puedes.
Acto
seguido saltó al árbol contiguo. Sarah le siguió y estuvo a punto de pillarlo,
pero Kamuy saltó otra vez, ésta vez a una rama más próxima al suelo. Siguieron
así durante un rato, hasta que accidentalmente chocaron en el aire y cayeron al
suelo.
— ¿Estás bien? —Le preguntó Kamuy a Sarah
mientras se sentaba en el suelo tras la caída.
—Si, solo estoy un poco magullada, nada
más. —Responde ella sentándose a la derecha de Kamuy.
—Esto, ¿por dónde íbamos? —Preguntó
irrisorio Kamuy.
—Bueno. —Dijo Sarah. —Podemos empezar
otra vez.
Juntaron
suavemente sus labios y permanecieron juntos unos diez minutos.
—Bueno, todo lo que empieza tiene que
acabar. —Dijo Sarah al rato.
—Tristemente, la vida es así. —Dijo Kamuy
tranquilizándola.
—Me gustaría pasar más tiempo contigo.
—Dijo ella.
—Cuando acabe todo esto, prometo no
separarme de ti. —Comenta Kamuy antes de besarle la mejilla.
—Espero que así sea. —Dijo ella
melosamente. —Venga, despierta a Ramsés, me han vuelto las ganas de dormir.
Kamuy
se acercó a Ramsés y le despertó diciéndole:
—venga, ha llegado tu turno.
Ramsés
se desperezó enseguida y se puso en pie.
— ¿Ha ocurrido algo? —Preguntó.
—No. —Dijo Kamuy. —Despierta a Obscurus,
me dijo que cuando llegase tu turno te dijera que le despertaras
inmediatamente.
—Así haré. —Responde Ramsés.
Se
dirigió a Obscurus y le despertó diciéndole:
—Por orden de Kamuy, que dice que tú se
lo dijiste, te ordeno que te despiertes inmediatamente.
Obscurus
dormía envuelto en un manto de oscuridad. Al despertarse, la oscuridad se
dispersó y puso los pies en el suelo.
—Gracias. —Dijo. —Ya tenía ganas de
levantarme.
— ¿Por qué has pedido que te levantase
tan temprano? —Preguntó Ramsés.
—Para rendir mejor a lo largo del día.
—Contesta Obscurus. —Además, con dos vigías la zona está más segura.
Ramsés
y Obscurus se fueron cada uno a tomar sus posiciones. No ocurrió nada raro
hasta el amanecer, y la última guardia pasó penosamente lenta para los guardas.
Obscurus aprovechó la última capa de oscuridad que quedaba para transportarse
en ella de un lado a otro y leer un rato el Grimorum, y practicar algunos
embrujos, como crear fuego azul a partir de la nada que no quema pero produce
daño por que la llama es venenosa y tiene un veneno capaz de tumbar a diez mil
personas, levantó algunos árboles del suelo y los volvió a posar, etc. El día
llegó, acompañado de una densa niebla que impedía ver con claridad los árboles.
Poco después de amanecer, con el Sol calentando tímidamente la hierba, nuestros
héroes se fueron despertando uno tras otro, hasta estar listos para partir de
nuevo.
— ¿Ha pasado algo durante la noche?
—Preguntó Crystal a los que mantuvieron guardia.
—No, no ha pasado nada, que yo sepa.
—Dijo Ramsés. —Podemos partir ya.
—Adelante. —Dijo Krosa. —En marcha.
Volvió
a cargar a Shorem en su lomo, recogieron sus enseres y emprendieron la marcha,
guiándose por las pistas que encontraba Kamuy y las rutas o senderos indicados
por Obscurus. Al final vieron que el lago conectaba con el afluente de un río,
y tuvieron que bordearlo. Dejaron atrás el río, y caminaron a campo traviesa.
El terreno se fue escarpando y empinando moderadamente, y luego volvió a
descender pronunciadamente. El camino empezó a serpentear. Luego encontraron
otra vez el cauce del río que atravesaba unos altos acantilados cubiertos de
vegetación. Aquí el cauce era poco profundo, y pudieron pasar al otro lado.
Siguieron caminando durante un largo rato. La niebla fue aclarando hasta
desaparecer totalmente. Obscurus, cansado ya de vagar sin rumbo bien definido,
al llegar a un claro amplio del bosque, le dijo a Ramsés:
—Ramsés, transfórmate en dragón, elévate
sobre los árboles aprovechando este claro para ver sobre ellos; pero déjame
subir a tus espaldas, pues hallaré fácilmente la ruta a vista de pájaro.
Ramsés
se transformó en dragón y dejó a Obscurus subir a sus espaldas. Alzó el vuelo
enseguida, y subió hasta lo más alto de las copas de los árboles. Desde allí
podía ver el mar verde que se extendía debajo de ellos, y a lo lejos, al Norte,
se podía ver una montaña con el pico nevado y oculto por la niebla.
—Bien, baja, ya sé por dónde tenemos que
ir. —Le dijo Obscurus a Ramsés.
Bajó y enseguida aterrizaron sin ningún
problema.
— ¿Qué camino tomamos?—Preguntó Yamba.
—Desde lo alto me ha sido posible divisar
a la distancia lo que parece ser una formación montañosa, no muy lejos de aquí
pero tampoco tan cerca como debería. —Dijo Obscurus. —Esa formación se alza al
norte. Propongo que vayamos hacia allí para poder divisar desde una perspectiva
elevada si avistamos algún signo o señal de aquello que buscamos.
—De acuerdo. —Dijo Krosa.
Siguieron
caminando por un camino llano con espesa arboleda a ambos lados del sendero.
Tras un largo rato de marcha, vieron que el suelo desaparecía bajo sus pies y
descendía en un acantilado desde el cual se podía ver como los arbustos
descendían por la pared del acantilado hasta llegar al suelo. En el fondo del
acantilado había una laguna o pantano de aguas turbias que no dejaban ver el
fondo.
— ¿Cómo pasamos al otro lado? —Preguntó
Crystal.
—Ramsés nos podría portar por los aires
hacia el acantilado de enfrente.
—Propuso Yamba.
—Pero, ¿cómo transportaría a Krosa?
—Preguntó Kamuy.
—No hay problema. —Dijo Ramsés. —Subid.
Acto
seguido se transformó. Uno a uno fueron subiendo al lomo de Ramsés. Al tocarle
el turno a Krosa, Ramsés simplemente lo cogió por el lomo y alzó el vuelo sin
percance alguno. Cuando iban por la mitad del trayecto, del fondo de la laguna
salió un tentáculo dirigido hacia Krosa, pero éste cortó el tentáculo cuando
iba hacia él con su espada. Al llegar al otro lado, bajaron uno a uno.
— ¿Qué era eso? —Preguntó Crystal.
—Por lo visto eso parecía ser no más que
un vulgar “summon architeuthis” mediano, ya que ese rejo era un poco
pequeño. —Dijo tranquilamente Obscurus.
— ¿Qué? —Preguntó extrañada Crystal.
—Un calamar, vamos. —Responde mosqueado
Obscurus. —Me extraña que aquí haya uno, por que suelen estar en el mar.
—Bueno, creo que ahora eso no nos puede
interesar. —Dijo Kamuy. —Sigamos.
Después
de pasar el acantilado, encontraron otra vez el sendero, en una especie de
túnel, en que las paredes eran unos oscuros y viejos árboles, y el techo era el
cielo, ensombrecido por las gruesas ramas. Lo más extraño era que entre las
ramas hay un inmenso ramaje de telarañas, algunas dispersas, y otras gruesas y
resistentes, pero lo extraño era que, no se sabe si por encantamiento o no,
ninguna atraviesa el camino. El camino siguió, unas recto, y otras
serpenteando. Los árboles parecían apretarse, cerrarse, como queriendo ocultar
el camino. Enseguida se dieron cuenta de que parecía que ellos no eran quienes
elegían el camino, sino que el bosque les obligaba. Notaron que iban rumbo
nordeste, guiándose por el Sol.
Al
poco, una extraña niebla cubrió el camino lentamente, y se salieron sin darse
cuenta. Sólo podían ver un poco. Llegaron a un lugar oscuro, en que la niebla
era más espesa. Vieron algo en el suelo, una serie de piedras que parecen ser lápidas.
Lo son. Cientos y cientos de lápidas, en correcta formación, en grupos de diez,
hacia el lejano horizonte del este. No había grabación alguna en ellas, pero el
mensaje estaba claro. Creyeron ver algo al este, una forma oscura, que vagaba
entre las tumbas.
—Oh, no, un shuck. —Dijo Obscurus.
— ¿Qué? —Preguntó Crystal.
—Mirad atentamente, y decidme lo que
veis. —Contestó Obscurus.
Observaron
detenidamente aquella negra forma, que se movía ágilmente como un fantasma
entre las tumbas. Era una especie de horrendo perro de color negro, con el
hocico y las mandíbulas manchados de sangre, goteando vísceras, sacando humo
por los orificios nasales.
—No será... –Comenzó a decir Yamba.
—Sí, lo es. —Le contestó Obscurus. —Un
shuck, un demonio que adopta la forma de perro negro, para engañar a sus
víctimas. Es un mal augurio, el peor de todos; el augurio de muerte. El que lo
ve fallece poco después.
—No será para tanto... –Dice Sarah.
—Te diré que tras años de estudio de la
necromancia, ya nada tiene secretos para mí.
Todos
se quedaron mirando como aquel animal se alejaba, sin dirigirles la mirada.
Cuando ya casi había desaparecido en la distancia, escucharon un aullido
estremecedor...
De
repente, oyeron un graznido, levantaron la vista a un árbol cercano, un alto
ciprés, y escudriñaron la niebla. Distinguieron la silueta de una forma negra,
que estaba junto a una extraña piedra blanca. Mirando detenidamente, vieron en
medio de aquella forma oscura unos puntos rojos, uno al lado del otro,
brillando débilmente. Aquella figura era un cuervo, el más grande que se habían
podido imaginar; estaba haciendo algo raro, parecía que arrancaba un trozo de
la piedra con el pico y se la tragaba.
Horrorizados,
comprendieron que esa piedra era en realidad una cabeza humana, a la que le
faltaba la mayor parte de la carne. El cuervo alargó el pico, y sacó un ojo de
su cuenca. La calavera les devolvía la mirada, a través de sus ojos vacíos. El
pico del cuervo se llenó de sangre cuando éste pellizcó la cabeza. La calavera
apareció al poco, en todo su esplendor. El cuervo, al notar la presencia de
público a aquel escabroso espectáculo, se viró, graznó y alzó el vuelo hacia
ellos.
Alas
desplegadas al viento, con un movimiento veloz, los rodeó, describiendo
círculos sobre ellos, lanzó un alarido, y miles de cuervos se abalanzaron de la
nada contra ellos. Cogiéndoles por sorpresa, los cuervos les arañaron y
picotearon, produciéndoles cortes. De repente, los cuervos salieron espantados.
Una sombra inmensa, proveniente de Obscurus, los envolvió. Los cuervos huyeron
en todas direcciones, menos el cuervo gigante, que se paró en el aire, y bajó
al suelo. Sus ojos irradiaban rabia; no obstante, se mantuvo quieto,
expectante. Luego, con un aire espectral y altanero, desplegó sus alas y se acercó
lentamente a ellos. Con ademán sepulcral, se posó suavemente en el hombro de
Obscurus, con sus afiladas garras grises. Para extrañeza de todos, se puso a
graznar de manera extraña, con un raro tono grave.
—Qué extraño, parece que quiere
comunicarse con nosotros. —Dijo Krosa.
—Sí, pero, que yo sepa, nadie puede
hablar con los pájaros. —Apuntó Crystal.
—Nadie, excepto un mago oscuro. —Dijo
Obscurus.
— ¿Cómo? —Preguntó Ramsés.
—La capacidad de hablar con los animales
siempre ha sido considerada como una habilidad excepcional, sólo atribuible a
poderosos magos oscuros. Morna, el Gran Nigromante, es conocido por su
habilidad de hablar con los murciélagos y cuervos, Hlóke Herpeins, mi maestro
de necromancia, puede conversar con las serpientes, y yo puedo hablar contigo.
—Vale, sé a donde quieres llegar. —Dijo
airada Sarah. —Venga, hazlo.
Obscurus
escuchó los graznidos del cuervo, y al rato les dijo a sus compañeros:
—Su mensaje es claro: nos aproximamos al
final del bosque y a la salida a Piscis. Nos manda tener cuidado con lo que nos
espera, pues sabe más de lo que podría parecer en un cuervo. Nos aconseja
seguir hacia el este y luego hacia el norte.
—De acuerdo, estamos cerca. —Empezó
Kamuy. —Pero, ¿por qué nos lo ha dicho? ¿No se suponía que todas las criaturas
de este bosque no trataban con gente?
Pareció
que el cuervo le oyó, y prendió el vuelo sin responder.
—Creo que te ha respondido. —Dijo
Obscurus. —Adelante, tenemos que seguir.
El
terreno se fue volviendo cada vez más húmedo, embarrado en determinados
lugares, y de tiempo en tiempo, de vez en cuando, encontraban charcos, y
colosales cañaverales y juncos donde, ocultos, ronroneaban unos pajaritos.
Habían de guardarse de por dónde andaban, para no mojarse y no perder el
camino. En un comienzo caminaban de manera rauda, pero a medida que avanzaban
la marcha esta se volvía cada vez más lenta y peligrosa. Algunos pantanos y
lodazales los confundieron, y el camino les traicionaba y engañaba, e incluso
Obscurus, experto en los bosques tras sus años de aprendizaje, estuvo a punto
de equivocarse varias veces.
Al
poco volvieron a ver unos altos acantilados a los lados, rebosando de
vegetación, con un río de barro al medio. Cuando llegaron al otro lado, Kamuy
oyó un ruido entre unos arbustos. Se acercó y encontró entre la maleza un
halcón peregrino, que emitía un grave pitido.
—Me parece que está herido. —Dijo Kamuy.
—Crystal, tendrás que arreglarle el ala izquierda.
Crystal
sacó el frasco azul-verdoso, y se lo pasó a Kamuy. Éste le puso un poco de
líquido en el ala, y al instante la herida sanó.
El
halcón se levantó, batió las alas y emprendió el vuelo.
—Bien, sigamos. —Dijo Yamba.
De
improviso, el halcón reapareció y se posó en el hombro de Kamuy, y se puso a
emitir unos chillidos agudos.
—Quiere hablar. —Comenta Obscurus.
—Veamos.
Obscurus
oye los gorgojeos del halcón, y después dice:
—Dice que le atacó una especie de araña
gigante hace poco, cuando cazaba por aquí. La salida del bosque se encuentra al
norte, tras las montañas.
—Será mejor que lo cuide yo a partir de
ahora. —Dice Kamuy. —A partir de ahora serás conocido como Rúrik.
El
halcón revoloteó sobre sus cabezas y se posó suavemente en el hombro de Kamuy.
Anduvieron
a lo largo del día unas cuarenta millas. Este hecho era ya en si un logro, pues
avanzaban muy lentamente debido a que Shorem tenía altibajos. Al llegar la
noche acompañada de una ligera bruma que se fue espesando según avanzaba la
noche hasta el comienzo del día, encontraron refugio en una colina donde se
hallaban las ruinas de lo que era en su día una atalaya o puesto de guardia de
piedra desde el que se podía ver alrededor. Tenía dos aperturas de entrada, y
en su cima una sala ahora con el techo medio derruido. En dirección al Norte
había una pequeña obertura, poco más grande que el torso de una persona adulta
de metro setenta y ocho de alto, desde el que se podía ver en aquella
dirección. Al sur había otra apertura del tamaño de un hombre de la misma
medida, pero con la de un hombre sentado.
—Descansemos aquí esta noche, y partiremos
al amanecer o posiblemente antes del alba. Esta edificación nos protegerá de
los posibles peligros que puedan surgir. —Propuso Kamuy.
—De acuerdo, descansemos aquí. —Dijo
Crystal.
Para
poder descansar con tranquilidad, se designaron diversos turnos para vigilar a
lo largo de la noche. Obscurus se volvió a asignar el primer turno, Kamuy el
segundo y Krosa y Yamba el último. Apagado el último fuego, el humo negro salía
por el techo y se perdía en la oscuridad, mientras Obscurus vigilaba la atalaya
yendo de un lado para otro. Sobre la una de la madrugada volvió a sentir la voz
de Kassandra que le llamaba. Esta vez le estaba esperando fuera de la torre, en
el único punto donde no se podía ver y oír nada, un pequeño agujero en el lado
oeste de la torre, que conducía a través de un estrecho y descendente corredor
hasta una gran sala iluminada con antorchas de vivas llamas doradas. Lo primero
que vio fue una serie de escalones anchos y ligeramente empinados. Subió por
los siete escalones, y en lo alto vio una especie de altar, cubierto por un
mantel azul y morado con bordes rojos; en el altar vio un voluminoso libro
dorado abierto por la mitad, que estaba siendo leído en ese momento por
Kassandra, que se encontraba de espaldas a Obscurus. Sobre el hombro de
Kassandra había un extraño pájaro negro.
—Ya era hora de que llegaras. —Dijo
Kassandra.
—Perdona, no pude llegar antes. —Dijo
Obscurus.
—Ya. Bueno, creo que yo tenía que
explicarte algo. —Dijo Kassandra.
El
pájaro alzó el vuelo, rodeó a Obscurus y se posó en el altar.
—Veo que no te acuerdas de Corhus, fuiste
bastante indisciplinado con él esta tarde. —Comentó Kassandra.
— ¿Corhus?
El
pájaro se volvió hacia él. Era un cuervo. Voló del altar hacia él.
—Sí, Corhus, el cuervo que viste esta
tarde en ese cementerio. ¿No te acuerdas del cuervo que nos encontramos herido
en la aldea, cuando realizábamos un "Vestaira" una noche en el
cementerio? Le pusiste de nombre Corhus, que en Sylvain significa "Viento
del Norte", y me lo entregaste, dándome un regalo. Días después sabes que
escapó, en vuelo raudo, y dirigiéndose hasta este bosque. Es el jefe de los
cuervos, como habréis podido comprobar tú y tus compañeros. Bien, creo que
tenía que decirte algo. —Decía Kassandra dándose la vuelta y mirando a Obscurus
a los ojos, mientras Corhus se posaba en su hombro izquierdo.
—Si, tenías que explicarme porqué te
fuiste, no me dijiste nada, me mentiste y fingiste tu muerte. —Dijo Obscurus.
—Si, era eso. —Dijo Kassandra.
—Y también tienes que decirme cuál es el
camino para salir de aquí. —Concluyó Obscurus.
—Eso…, también. —Dijo Kassandra. —Bien,
¿por dónde podemos empezar?
— ¿Por qué te fuiste? —Preguntó Obscurus
tajantemente.
—Espera, ahora te lo explico. —Dijo
Kassandra. —Bien, el motivo por el que fui es que, como ya sabes, desciendo de
grandes nigromantes, de los conocidos elfos-vampiros lucífugos del lejano
desierto del Droogog, y por causas del destino mi familia tuvo que huir por que
mi madre, Sha, y mi padre, Rancor, al realizar uno de sus encantamientos,
despertaron el poder de un muñeco de vudú y una maldición cayó sobre la casa;
Dicho muñeco poseía un espíritu maligno en su interior, que nos trajo
quebraderos de cabeza durante una semana. A la semana de suceder esto no
tuvimos más remedio que salir de allí, ya que no pudimos echarle de nuestra
casa de ningún modo.
—Sólo has dicho por qué saliste de casa.
—Dijo Obscurus.
—Espera, que hay más, Obscure. —Prosiguió
Kassandra calmándolo. —Luego viene el por qué te engañé no diciéndote lo que me
había pasado. Bien, mis padres consideraron que no debías saber nada y creyeron
que sólo deberías saber que me fui de viaje.
—Sólo te falta lo último. —Dijo Obscurus.
—Pero, ¿por qué no vinisteis a vivir a mi casa? Sayaka, mi madre y la de mi
hermano, y nuestro padre Kalum, junto con mi abuelo Morna, el Gran Nigromante,
y el resto de mi familia os hubiéramos hecho un hueco.
—Ya falta poco. —Contesta Kassandra. —No
pude ir a tu casa por que mis padres no lo pensaron. Después de salir de casa
estuvimos deambulando por ahí unos días, y decidimos alojarnos en alguna ciudad
del desierto antes de decidir qué hacer. Bien, una noche, a eso de la
medianoche, mientras todos dormían una figura apareció de las sombras en el
claro en que habíamos parado a dormir, se me acercó, pude sentir su aliento, y
el tirón que dio de mí para llevarme con él, y separarme de mi familia. Mi
familia estuvo a punto de recuperarme varias veces en los dos días siguientes,
pero fue en vano, y me dieron por muerta, de ahí el telegrama que recibiste. El
tipo que me secuestró me llevó lejos, muy lejos, a un lugar dónde hay una alta
torre al lado de un volcán presuntamente inactivo, pero soltando humo
constantemente. En aquella torre, me obligó a que mejorase mis habilidades, me
dio estas ropas, este orbe y me encargó que cuidase de la criatura maligna de
este bosque.
— ¿Y pretendes que me crea que te diste
por muerta sólo por que ese tipo te raptó? —Preguntó Obscurus. — ¿No intentaste
escapar?
—Intenté escapar varias veces, pero no
pude. —Aclaró Kassandra. —Incluso aunque
sé cuál es la salida de este bosque, no podría escapar a él, me tiene vigilada.
— ¿Sabes cómo se llama él?—Preguntó
Obscurus indignado.
—No, no lo sé, Obscure. —Dijo Kassandra.
—Sólo no puede verme aquí, pues escapa a su magia. Ésta sala es obra mía, yo la
creé y sé todos sus pasillos.
—Sólo te queda decirme lo último. —Dijo
Obscurus. — ¿Por dónde se sale de éste bosque?
—Lo siento, aún no te lo puedo decir.
—Contesta Kassandra. —Lo siento.
— ¿Porqué? —Preguntó Obscurus.
—Lo sabrás cuando derrotéis a la criatura
—Dijo Kassandra.
—Bien, ¿algo más? —Preguntó Obscurus.
—No. —Dijo Kassandra.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que en dos
noches me lo explicabas todo?
—Preguntó extrañado Obscurus.
—Por que pienso decirte la única forma de
vencer a la criatura, y además, me gustaría unirme a vosotros. Ah, y Corhus
también. —Dijo Kassandra.
— ¿Tu?, ¿unirte?, ¿quieres unirte al
grupo? —Preguntó Obscurus.
— ¿Qué hay de malo en ello?—Inquirió
Kassandra.
—Pues, que los demás se extrañarían al
ver al guardián de la criatura una vez derrotada dicha criatura unirse a
nuestro grupo. —Explicó Obscurus.
—Pienso explicarles quién soy, seguro que
Kamuy, Crystal y Shorem me reconocen enseguida —Le dijo Kassandra.
– ¿Y qué pasa con los que no te conocen?
—Pregunta Obscurus.
—Tranquilo, no voy a hacerles daño.
—Contestó Kassandra.
—Ya, bien, ¿algo más que deba saber?
—Desea saber Obscurus.
—Si, me gustaría darte algo antes de que
te vayas a despertar a tu hermano para el segundo turno. —Dijo Kassandra.
— ¿Cómo sabes todo eso sobre nosotros?
—Preguntó Obscurus.
— ¿El qué, te refieres a los turnos que
habéis elegido cada uno? Yo sé muchas cosas de vosotros, pues desde que
entrasteis en éste bosque os he estado observando y oyendo. Y, por lo visto, tu
hermano Kamuy tiene un secreto que no le ha contado a nadie —Dijo Kassandra
esbozando una sonrisa. —Pero que lo contará en su momento. Ahora, espera un momento.
Kassandra
se dirigió a un lado del altar oculto por la tela sobresaliente. Se agachó y de
la nada sacó lo que parecía ser una ballesta de metal que no tenía sitio para
poner las flechas.
—Utiliza ésta ballesta para acabar con la
criatura. —Dijo Kassandra. —Tienes que darle en la cara directamente. Como
verás, esta ballesta no dispara flechas, sino que tiene un mecanismo hidráulico
que lanza dardos a veinte dardos por segundo. Los dardos están hechos con las
púas de un erizo venenoso que habita en este bosque, así, conque al menos roces
a la criatura con uno de ellos, ya cae seguro, pues su veneno es letal, aunque
hay otros dardos que no tienen veneno, pero con seguridad, la mayoría de los
dardos están envenenados. La he fabricado yo, así que tiene mucho valor para
mí, por favor, cuídala. Como verás, la he construido de tal forma que la puedas
utilizar en ambas manos, pero como eres siniestro, no usarás la diestra. Te
daré algunos recambios por si sé te acaban —Le puso en las manos dos paquetes,
uno contenía cuatrocientos dardos, y el otro ochocientos dardos. —No los uses
al principio, úsalos cuando la batalla esté en su punto álgido. Yo te haré una
señal levantando mi báculo, como si os fuera a atacar, ¿de acuerdo? —Preguntó
Kassandra. –Recuerda una cosa más, solo puedes usarlo una vez, luego, nunca más
lo podrás usar.
—Vale. —Respondió Obscurus.
Cogió
la ballesta y la metió en su manto de oscuridad
— ¿Algo más?
—Si, cuando todo esto acabe, me gustaría
volver a casa… contigo. —Respondió Kassandra.
—Ya, bueno, nos veremos mañana. —Dijo
Obscurus.
—Buenas noches. —Se despidió Kassandra.
Quedó
otra vez envuelta en un haz de luz y desapareció. Obscurus se encontró fuera, a
los pies de la atalaya, mirando al cielo. Se dirigió al interior para despertar
a Kamuy, pero una mano lo detuvo: era Kassandra.
—Antes de que te vayas, Obscure, me
gustaría mostrarte algo. —Le apremió a Obscurus.
Kassandra
le condujo detrás de la atalaya, donde no había ninguna abertura de vigilancia.
Había un claro con un círculo de piedras de once metros de radio. En el centro
del círculo había una fuente baja de piedra, con un cántaro plateado al lado
para coger agua.
—Bien, ya estamos. —Dijo Kassandra.
—Acércate a la fuente, por favor.
Llegaron
al lado de la fuente, algo más alta que la cintura de Obscurus.
—Voy a explicarte otra cosa, Obscure.
—Comenta Kassandra —Ésta fuente es más eficaz que todas las piedras videntes
juntas, incluso mas que la que guardas en tu manto de oscuridad, y en ella
podrás ver cosas que fueron, cosas que son. —Dijo esto mientras ponía un poco
de agua en la fuente con el cántaro. —Y… cosas que serán, o que pueden ser.
Nunca se sabe a ciencia cierta lo que se puede ver en este espejo del tiempo,
solo se pueden hacer vanas conjeturas, que casi nunca son ciertas. Puedes
acercarte y mirar en él, pero te aconsejo que no toques el agua.
Obscurus
se acercó con cautela, y miró a la superficie del agua. Al principio sólo pudo
ver su cara reflejada en el agua, con
las brillantes estrellas de fondo, pero luego todo oscureció. En el Espejo del
tiempo pudo ver una gran fortaleza, ardiendo en llamas. Veía a los necrofoides
montados en una especie de dragones que nunca había visto: unos sin escamas, y
con la piel en carne viva, y había uno gigantesco, más grande que los otros,
pero éste era de huesos.
Pudo ver a su jinete: una
forma oscura, sujetando las riendas de tal tenebrosa montura, con la cabeza
vedada bajo un casco plateado con una gran cresta hacia atrás y sombras en
lugar de rostro. Portaba en sus manos una gran espada, y con ella señalaba a un
punto lejano, allá, en el suelo. Allí se encontraban Kamuy, con los ojos rojos
de furia, apuntando con su arco al caballero negro del dragón de huesos,
también estaban Shorem, armado con su espada, Crystal, envuelta en luz azul,
Krosa, disparando a los necrofoides, y Yamba en su lomo, atacando a distancia a
una legión de necrofoides armados, Ramsés mantenía una cruenta batalla en las
puertas de la fortaleza, impidiendo la entrada de los necrofoides invasores, a
Kassandra lanzando rayos de luz con su orbe a los necrofoides; pero Obscurus no
se vio entre ellos, y se extrañó. De repente, todo se llenó de fuego y llamas.
La fortaleza desapareció. Sus
amigos también. Volvió la oscuridad a la vista de Obscurus. Volvieron el fuego
y la llama, y vio un volcán entrando en erupción, junto a una alta torre, desde
la que salía una inmensa nube de oscuridad. Al pie del volcán en erupción
volvió a ver a sus amigos metidos en una batalla, al frente de una tropa de
caballeros a caballo, ballesteros, lanceros… y un ejército de combatientes
venidos del sur, del este, del continente helado... Vio a legiones de
creyentes, fanáticos mirando con gesto amenazante al ejército de oscuridad que
tenían delante, y multitud de runhelruns que habían llegado.
Como tiempo atrás, se volvió
a luchar la misma alianza de hombres, bestias y aspid, contra el eterno rival,
un rival que nunca descansa. Los necrofoides cayeron en tromba sobre los
guerreros, liderados por el caballero oscuro del dragón de huesos, que miraba a
nuestros héroes bajo su casco de oscuridad. Se lanzó entonces el caballero
negro sobre los guerreros, y todos salieron espantados al embestirles con los
cuernos del dragón. Se acercó a nuestros héroes, entre los cuales no estaba
Obscurus. Una voz potente, salida de las sombras emanadas desde la torre, ordenó al caballero acabar con ellos. El
caballero oscuro se quedó quieto un momento, apuntándoles con su espada.
Obscurus miró la cara del caballero. Tras las sombras vio un rostro que le
resultó familiar. Una forma oscura salió de la torre, que era aún más grande
que la torre. Se abalanzó contra nuestros amigos, queriendo destruirles.
De repente, un resplandor
dorado cegó la vista, vio al caballero dar un paso al frente, transformar su
espada en guadaña; ese caballero no era nadie más que la misma muerte en
persona. Puso la guadaña con la hoja hacia delante, detrás de su espalda,
preparado para dar su golpe final, se llenó de oscuridad y descargó un golpe al
frente. Al momento todo se apagó: no había volcán, no había torre, ni figura
oscura, ni rastro del caballero negro, solo oscuridad, y nada más.
Volvieron las llamas y el
averno, y vio un frondoso bosque de altos y verdes árboles, y altas figuras de
gentes con pelo rubio largo y orejas picudas subidas a las copas, con largos
arcos de palisandro, y con ropajes verdes y azules; a lo lejos vio una ciudad
que crecía en altura conforme seguía la forma de la montaña en la que se
asentaba, una enorme ciudadela de altos muros blancos, como si fuese una
fortaleza, se dividía en niveles, excavados en la colina y bordeados por un
muro; en cada nivel, una entrada, en cada nivel, una puerta, del más poderoso
acero, con figuras de reyes del pasado en jade, fue subiendo lentamente,
observando las blancas calles de piedra y mármol, y al llegar al final de
aquella ciudadela de veintidós niveles con una sola puerta en cada nivel, pero
las puertas no se sucedían en una línea recta; la primera puerta se abría en el
extremo occidental de la ciudad, la siguiente hacia el este, la tercera al sur
y así sucesivamente, unas veces en un sentido y otras en otro, pero siempre
ascendente.
Tres fríos espolones de roca
dividían la ciudad, cinco altas torres acariciaban el cielo; en lo alto del
último nivel había un jardín circular en el centro del patio exterior de un
palacio blanco, del cual crecía la torre más alta, desde la que se veía
alrededor un frondoso bosque, y al oeste humo negro. En medio del jardín había
una fuente y un gigantesco fresno del color de las estrellas, resplandeciente
bajo el sol.
Entró en el palacio,
sostenido por altas columnas negras, paredes de mármol nacarado, pequeñas
ventanas cuadradas daban paso a la luz, había enormes estatuas de mármol de
caballeros con espadas, lanzas y cimitarras al cielo, todos ellos coronados y
engalanados con túnicas y lórigas.
Fue avanzando, y llegó a un
alto trono de mármol al final de la sala, bañado por el dorado resplandor del
sol, alzado sobre tres escalones, en el que había dos esferas: una del tamaño
de un puño, de color morado, brillando intensamente; la otra era del tamaño de
una cabeza, de tono oscuro, emanando oscuridad, junto a ellas había una espada
negra y una corona de pinchos de plata deslucida. Todo oscureció de nuevo, se
llenó de fuego, y pudo oír una voz grave y oscura siseando: Xánatos… ,
Xánatos… , el caído saldrá de la oscuridad, volverá a la luz, la profecía se
cumplirá, y el caído será liberado de su desgracia, y junto con la ayuda de
Anuvis y la de Jouka, tras vencer al ser oscuro se liberará; pero seguirá
cegado, corrompido por la oscuridad, y lo estará…siempre; la vuelta del caído a
la luz supondrá el retorno del auténtico rey, el Señor de Avalon, pues el
heredero del rey Valar, oculto tras largo tiempo, acabará con la oscuridad, y
recuperará su trono. El rey recuperará su corona, con ayuda de Celebdil.
La voz se calló, y todo
volvió a la normalidad. Obscurus miró a Kassandra a los ojos
– ¿Sabes lo que he visto? —Preguntó
Obscurus a Kassandra.
–Si, yo también lo he visto. —Respondió
ella.
– ¿Sabes quien puede ser… él, Kassandra?
–No, no lo sé. —Responde Kassandra. —No
sé quienes pueden ser Xánatos y Anuvis; tal vez puede ser que ese caballero
oscuro que has visto sea Xánatos, pero… el caído… y Anuvis… y Jouka… Celebdil,
eso de no lo entiendo.
–Creo que será mejor que te vayas ya.
—Dijo Obscurus.
–Sí, ya me voy. —Responde Kassandra.
—Hasta mañana. Lo último que tengo que decirte es que te aguarda un incierto
porvenir.
–Hasta mañana… —Dice Obscurus, pero
Kassandra ya había desaparecido envuelta en luz violeta.
Corhus
graznó, alzó el vuelo y desapareció tras un estallido. Obscurus fue a entrar de
nuevo en la atalaya, pero algo le llamó la atención. Había allí un libro
flotando en el aire a la altura de la cara encima de la fuente, que despedía
una débil luz doraba. Se acercó a ver cautelosamente, temiendo que si lo tocaba
algo extraño ocurriese. Desde la cercanía leyó un título: “Nambaistar”. Era un voluminoso libro dorado, con el borde de las cubiertas de piel y
cierres de plata.
Dicho
y hecho. Cuando estuvo a punto de alcanzarlo, ya prácticamente a punto de
atraparlo, el libro estalló en mil pedazos, pero extrañamente no hubo casi
sonido de detonación. Obscurus se cubrió con la capa. Se aproximó a donde hace
un momento estuvo el libro, y encontró unos pergaminos. Ojeando un poco,
Obscurus leyó lo siguiente en el pequeño pergamino:
“El
destino del mundo depende de la aparición del caído tras su peregrinar oculto.
El heredero del rey Valar de Avalon, la ciudad sin rey, regida por un consejo
tras la muerte de Valar en la batalla de los elementos tras encerrar a
Drangstrumg, volverá para reclamar el trono de Avalon, hace tiempo perdido. Con
la liberación del caído, el rey de Avalon recuperará su corona de diamante…”
Continuaban unos cuantos borrones, pero no se entendían. Luego seguía algo
así como… “el Rey Caído y Señor del Anillo Celebdil. La identidad del caído
le será mostrada al segundo que toque este pergamino, cuando el Rey Dorado y la Dama de Plata abran con su
aura el sendero al fuego, en la casa de piedra. El Caído volverá a regir junto
a La Dama Blanca,
a su salida de las tinieblas. Cual ave Fénix el Caído Inmortal, rey del tiempo,
resurgirá de sus cenizas, y volverá aquel que una vez fue Señor de la quinta
esencia, para devolver el esplendor a un mundo oscuro tras la muerte de Valar.
Si el caído nunca saliese de la oscuridad, llegará el prefacio de la era de la Sombra y la Muerte...”
Aquí
se acaba el pergamino. Obscurus se quedó un rato dubitativo, intentando hallar
sentido al pergamino. Fue a volver a entrar en la atalaya, pero algo le detuvo.
El aullido del viento le preocupaba. Pero no era el viento el que aullaba. Vio
como una forma fantasmal se le acercaba. Era el espectro de un gigantesco lobo,
casi transparente, con brillantes ojos rojos que resaltaban en la noche
cerrada, un extraño resplandor blanco perlado.
—Gyrtrash… —Dijo Obscurus con voz recia y
fría. —Antepasado de shuck.
El
animal se acercó a Obscurus, se sentó sobre sus patas traseras y aulló a la
luna. En esto, aparecen de la nada otras tres figuras, iguales a la anterior.
Se fueron acercando, aproximando, ya estaban a menos de dos metros, y entonces
sucedió. Fueron disolviéndose en el aire hasta desaparecer, dejando una ligera
bruma.
—De acuerdo. —Comenzó Obscurus. —Nos
volveremos a ver. Ten por seguro que nos encontraremos tarde o temprano.
Luego
subió, y mientras subía oyó a gyrtrash aullando. Subió y despertó a Kamuy.
—Kamuy, mira esto que he encontrado.
—Dijo mostrándole el pergamino.
Kamuy
examinó detenidamente el papiro, luego le dio la vuelta tratando de encontrar
algo oculto, pero no había nada.
— ¿Dónde lo has encontrado?
—Estaba por ahí, tirado.
— ¿Sabes lo que significa?
—No.
—Bueno, mañana veremos lo que hacemos con
esto. —Dijo Kamuy.
Se
levantó y se puso a vigilar la atalaya.
— ¿Sabes que gyrtrash se me ha aparecido
hace poco?
— ¿No le viste por última vez en el
cementerio de la aldea?
—Desde luego, pero ha vuelto.
— ¿Y?
—Nos volveremos a ver, eso te lo aseguro.
Luego
se sucedieron los turnos, sin ninguna novedad, salvo el reencuentro en la noche
de Kamuy y Sarah. Algo pasaba en el grupo. Shorem, que seguía inconsciente,
empeoró en la noche. En su mente pasaban imágenes, sin contexto alguno, de
extraños lugares, tupidos bosques, áridos desiertos, tundras heladas. Cuando el
mar pasó por su cabeza, su temperatura bajó. Se vio a él mismo, despertando de
un sueño, con alguien a su lado que no conocía. Luego se vio en una especie de
baile, él y sus compañeros, y algunos a los que no reconocía. Se vio bailando
con una ninfa, que bailaba en el medio de una amplia sala de coral. De repente
se oyó una melodía, acompañada de música: he aquí la canción entera, pero hoy
ya nadie la recuerda:
Allende los rebaños, dispersos por los
montes,
Que balan a la luz de la arbolada,
Fuera de las cavernas sociales,
En los secretos espacios de la mente
Se agitan los sueños del mar.
Para acariciar las mórbidas ondas
Todas las almas despliegan las alas,
Mientras cánticos de templos sumergidos
Resuenan en las tinieblas otoñales.
Son tintineos de campanillas espectrales,
Risas de ondinas,
Cascos de épicas galeras
Y dioses de cardenilla,
Que resbalan lentamente hacia el fondo
Donde se esconde la infancia del hombre.
Mitos evanescentes, vapores de temor,
Danzas de libertad,
Fiebres de riesgo.
Crean.
Nutren.
Acaricia
Al poeta del mar.
Shorem
y la ninfa se acercaban las caras, cada vez más cerca, casi se rozan, y de
golpe todo acaba. Recupera la estabilidad, pero sigue inconsciente. Excepto
esto, en la noche no ocurrió nada raro. Al llegar de nuevo el día, partieron
sin demora, acompañados por un cielo despejado. Kamuy y Obscurus le preguntaron
a los demás el significado de aquel pergamino, pero no hubo respuesta,
pues no le hallaban sentido lógico
alguno. Le dijo Sarah a Kamuy que tal vez fuese una gracia de Obscurus hacia
los demás, y Obscurus dijo que aquella no era su letra, y que no conocía
algunos de los extraños caracteres impresos. Avanzaron hasta el mediodía, hasta
alcanzar las faldas de la formación
montañosa. Allí estaba Kassandra, dominando desde un montículo la vista, con
Corhus al hombro. Nada más verlos, los atrajo diciendo:
– ¡Pobres y desafortunados viajeros,
nunca saldréis de aquí!
Miraron hacia arriba. La
habían visto. Kamuy respondió rugiendo:
— ¡No estamos aquí para intercambiar
falacias contigo, vil bruja, venimos a destruirte a ti, a tu criatura y a salir
de éste bosque!
—Salid, sí podéis. —Dijo Kassandra.
Levantó
su orbe, pronunció un hechizo, una inmensa grieta se abrió en la pared de la
montaña, y de allí salió, veloz como un rayo, la tarántula seguida de las
otras. Se desplegaron rápidamente rodeándolos. La tarántula se quedó en la
grieta, bloqueando esa “posible salida”. Una tras otra saltaron sobre ellos,
pero caían rápidamente, partidas en dos. Pronto las arañas fueron diezmadas. La
tarántula saltó de repente sobre ellos, pero la esquivaron. Crystal intentó
lanzarle un embrujo, pero recibió un golpe que la dejó en el suelo. Krosa, tras
dejar el cuerpo de Shorem bien protegido junto a Kamuy, saltó a por ella, le
clavó tres flechas en el lomo y le rompió dos patas traseras con la espada,
pero acabó pegado a la pared montañosa con la tela de la tarántula. Yamba
intentó defender a Krosa, pero acabó igual. Kamuy, cogiendo su hacha y
llenándose de fuego, dio un golpe a la cabeza de la araña, pero no sirvió de
nada, y acabó igual que Krosa. Sarah salió a defenderle, pero quedó igual que
él. Ramsés dio un sonoro puñetazo con fuego gris a la cabeza de la araña, que
la hizo tambalearse, pero también acabó atrapado por la red.
Ya sólo quedaba Obscurus.
Cogió su guadaña con ambas manos y causó profundos cortes y heridas a la araña,
que se quedó estremeciéndose y gimiendo de dolor. Levantó la mano siniestra y
lanzó contra la criatura su ataque de llamas azules venenosas, y el cuerpo de
la criatura cambió de pardo oscuro a rojo, luego a amarillo, después a púrpura,
azul y finalmente a gris ceniza, mientras aquel fétido animal se retorcía de
dolor. Luego pronunció su hechizo:
—Mosagog.
Creó
una bola de luz verdosa que lanzó al costado de la araña, que la descarnó
parcialmente. Obscurus aprovechó esta ocasión para intentar soltar a los que
habían sido encadenados a la pared por la araña, pero tuvo que desistir; la
araña se había subido a la pared sin que nadie se diera cuenta y trató de
clavarle su venenoso aguijón a Obscurus, pero éste le esquivó, y se alejó y se
subió a un montículo y viró su vista hacia tarántula. Vio como Kassandra
levantaba el bastón, mostrándole la señal de ataque. La tarántula, enfurecida,
se dirigió en tromba hacia Obscurus, pero éste sacó de su manto de oscuridad la
ballesta de Kassandra, apuntó entre los ojos a la tarántula, una oscuridad
intensa comenzó a rodearlo, envolverlo, una oscuridad que congeló y mató la
vegetación de la ladera, todo se oscureció, Obscurus se elevó en el aire, y
disparó.
Más
de cien dardos envenenados atravesaron la cara de la tarántula. Con un grito de
dolor, esta paró en seco su avance, se tambaleó, cayó por la ladera rodando y
murió antes de tocar el fondo del abismo. Habían subido la montaña sin darse
cuenta, cuan larga había sido la lucha. Kassandra bajó, y soltó a los que
habían caído ante la red de la araña.
—Podéis salir de aquí. —Les dijo
Kassandra a cada uno. —Os indicaré el camino de salida. Corhus picoteó la tela
hasta soltar a Kamuy.
— ¿Cómo podemos confiar en ti? —Preguntó
Kamuy enfadado.
—Habéis cumplido vuestro objetivo, ya
habéis acabado con la criatura, mi misión ha fracasado, y terminado. —Dijo esto
bajándose la capucha que le cubría el rostro y mostró su cara a Kamuy. Éste la
reconoció al instante.
— ¡Kassandra! ¡Tú eras el guardián! ¿Por
qué? —Preguntó Kamuy intrigado.
—Obscure te lo puede decir con pelos y
señales. —Le respondió Kassandra. —Lo sabe desde el primer día en que
entrasteis aquí. Cuando se lo dije, se quedó igual de impresionado que tú. Pero
si quieres, te lo cuento ahora.
Volvió
Obscurus al poco bajando el montículo. Llegó hasta la altura de Kassandra.
—Bueno, creo que ya lo sabéis ¿no? Ella
os lo habrá contado. —Dijo Obscurus a sus amigos.
—Si. —Dijeron todos. —Sólo nos falta
saber cómo salir de aquí. —Aclaró Sarah.
—Eso es fácil. —Dijo Kassandra.
—Seguidme, y procurad no perderos.
Condujo
a sus amigos al interior de la gruta abierta por la tarántula. Los dirigió por
sinuosos corredores iluminados por antorchas de llamas negras que iluminaban
con luz azulada hasta una obertura. Desde allí se podía ver a lo lejos el
castillo del rey Hidros en Piscis.
—Desde aquí podréis llegar en no menos de
tres horas a vuelo de dragón al mar de Piscis. —Dijo Kassandra.
—Bien, adiós. —Se despidieron todos de
Kassandra.
—Antes de iros, tengo un favor que
pediros. —Dijo Kassandra.
— ¿Cuál? —Preguntaron todos menos
Obscurus, pues sabía que se trataba.
—Me gustaría acompañaros en vuestra
misión. —Les dijo Kassandra.
— ¿Qué sabes de nuestra misión? —La cortó
Crystal.
—Todo… y podría ser de gran ayuda si
aceptáis que os siga. —Respondió Kassandra.
Se
quedaron un momento pensando, menos Obscurus, que se acercó a ella y dijo estar
de acuerdo con la propuesta de Kassandra.
—Vale, Obscurus, viene con nosotros.
—Dijo Kamuy con una sonrisa.
—Yo también quiero seguir con vosotros
—Dice de repente Sarah.
Todos
volvieron la mirada a ella.
—Dijiste que acabado el problema del
bosque te irías. —Dijo Kamuy enrojecido.
—He cambiado de idea, y como Kassandra,
quiero ayudaros. —Concluyó Sarah.
—De acuerdo, sigues con nosotros. —Dijo
Kamuy —Pero no te acostumbres a seguirme.
Todos
miraron a Kamuy.
—Vale, no he dicho nada. —dijo Kamuy
sonrojándose.
—Bien, partamos. —Dijo Ramsés.
Se
volvió a transformar en dragón, se volvieron a subir a él y salieron en
dirección a Piscis. Extrañamente, Obscurus no se subió al lomo de Ramsés, sino
que el también se transformó en dragón, en un gigantesco dragón negro, más
grande que Ramsés, con alas de murciélago, cuernos broncíneos, con una coraza
de plasma que le cubría el estómago y el cuello, con una cresta alta y puntas agudas a lo
largo del lomo hasta la punta de la cola, que estaba llena de pinchos afilados.
Sobre su cuello iba Kassandra.
— ¿Cómo has hecho eso? —Preguntaron
asombrados Crystal y Kamuy.
—Ha pasado algo más que Obscurus y yo nos
reencontrásemos después de tantos años separados, y le he enseñado algo de
magia negra que no sabía. —Engañó
Kassandra a los demás, pues no quería decirles el secreto de que gracias a sus
grimorums aprendió el hechizo del transformismo
Sin
perder más tiempo, salieron en dirección al mar de Piscis, sin saber qué nuevas
aventuras se encontrarían, y mientras volaban por el cielo nocturno, Kassandra
cogió al cuervo entre sus manos y dándole un beso en la cabeza, lo dejó partir
por el cielo. El cuervo volaba en dirección al norte, hacia Verom.
En
el volcán de Verom, de la cámara de Anser salió un grito espeluznante
acompañado de una inmensa llamarada.
— ¿Qué deseáis, mi señor? —Dice Xang ante
Drangstrumg.
De
la cámara salieron en medio de las llamas unos látigos en llamas en dirección a
Xang. Lo cogieron por la espalda y le llevaron a las rejas de la puerta.
—Hay una gran perturbación en la
oscuridad, una sensación de inmenso poder —Le dijo Drangstrumg a Xang.
—Lo he notado hace poco. —Responde Xang.
—Veo que tenemos un nuevo enemigo: ese
joven portador del elemento del Aire. No me cabe la menor duda de que éste
muchacho, Señor del Aire, sea el mismísimo heredero del rey Valar —Dice
Drangstrumg.
— ¿Cómo es posible? El linaje se
interrumpió, y sus descendientes fueron aniquilados. Además, él no lo sería, ya
que fue el segundo en nacer. —Responde Xang.
—Explora la fuerza que emerge de la
profunda oscuridad, Xang, y verás que es verdad. Es él, no me cabe la menor
duda. Él fue marcado, y no su hermano. Tiene la marca de Valar en el brazo. Su
hermano fue rechazado porque en su interior brilla el poder del Fuego, y Valar
es el símbolo del elemento del Aire. Podría acabar con mis planes, y arruinarlo
todo. —Decía Drangstrumg.
—Es solo un vulgar niño, y mi primo Xing
no le será de gran ayuda desde ahora. —Contesta Xang.
—Inmenso poder hay en él, lo noto. El
heredero de Valar no debe recobrar el trono y destruirme —Dijo Drangstrumg.
—Si se le pudiera atraer, amo
Drangstrumg, se convertiría en un nuestro mas poderoso aliado, y nosotros
controlaríamos el poder que él maneja. —Contesta
Xang.
—Sí, eso sería muy valioso, y una gran
ventaja para nosotros. ¿Puedes atraerlo y oscurecerle el corazón? —Preguntó
Drangstrumg.
—Él se unirá a nosotros o le aseguro
morirá, mi señor. —Contestaba Xang.
Los
látigos se aflojaron y le soltaron. En esto, apareció un necrofoide por la
puerta, se dirigió a Xang y le dijo.
–Mi señor, nos informan que Skálev, el
montaraz, guía a nuestra segunda horda tras la presa y dentro de poco caerán
sobre ellos.
—Bien. —C ontestaba
Xang. —Si se diera el hipotético caso de que esos chiquillos burlasen a nuestra
segunda horda, aún les tengo guardadas otras sorpresas más. Fue buena idea
contratar a ese montaraz para que siguiera a mi primo. —Se rió con todas sus
fuerzas. —Que se acerquen algunos necrofoides a Golgomath, y decidles a las
criaturas de allí que el señor oscuro ha regresado. Mirad en el pantano
Shagorod, buscad a los daimons, y tráelos. Necesitamos reunir a un gran
ejército para atacarles cuando pasen por Tánatos. Reservemos a los hungreas de
las montañas Negras y a los fomorians del Droogog para cuando lleguen aquí, si
llegan. No obstante, tendréis que avisadles también. Cuantos más, mejor.
Convocad también a los kobalts jinetes de narmoroks del Droogog, que estarán
ansiosos de volver a luchar por Drangstrumg. No sé si los goyles de las Cegadas
siguen vivos, pero no estaría de más aumentar mi ejército con ellos. Habrá que
arreglárselas para que los rámarols de Gorgoroth vuelvan, casi acaban con ellos
en la anterior batalla de los elementos. No sé si se negarán, pero si lo hacen,
convencedles de la mejor forma posible de que negarse a batallar por
Drangstrumg es equiparable a la muerte. Para cuando pasen por el desierto del
Tánatos, hay que tener sobre aviso a los jinetes de fhanrirs, para prendedles
en una emboscada. Tal vez les atrapemos allí. Nuestra estratagema debe estar
encubierta; sería peligroso que adivinasen nuestros nuevos propósitos. Hemos de
recuperar al ejército de la oscuridad que mi amo logró formar hace tiempo.
Bien, esto de momento, luego, ya veremos. Esos “portadores” no saben la que les
espera.
Acto seguido Xang salió raudo, subió una escalera sinuosa
y llegó a lo más alto de la torre, en la sala en la que había un gigantesco
cuerno de piedra que iba desde esa habitación a la base de la torre. Xang lo
sopló, y un ruido seco y grave retumbó por todo Gracá y por Golgomath, y las
criaturas oscuras del mundo sintieron la llamada de Drangstrumg, y se pusieron
en camino hacia Verom, cuidando de no mostrarse bajo la luz del sol. Los
cuernos del mal han restallado en la hora prevista.